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EL NIÑO Y EL MONITO



        Soy un monito y vivo en el zoológico. ¡Qué rápido soy! Subo y bajo, salto y me cuelgo de la cola, hago ruidos con mi bocaza.
        ¡Cuánta gente ha venido hoy!
        -Mamá, ¿hoy es domingo?
        -Sí, mi monito, pero quedate tranquilo un momento, por favor. No te hagas el payaso, que me tenés cansada con tantos movimientos.
        Mamá está sentada en un rincón de la jaula pelando bananas para el almuerzo. Mi hermanita duerme y de vez en cuando se rasca la barriguita.
        Desobedezco a mi mamá y continúo haciendo toda clase de monicacadas para que la gente me aplauda y saque fotos.
        -Monito, te dije que no debés comer lo que la gente tira dentro de nuestra casa. No quiero que vuelvas a enfermarte.
        Pero no puedo. Soy un mono genial. Me gustan los maníes, los caramelos y las galletas que me arrojan los chicos.
        De pronto, observo a un niño que me mira fijo, muy fijo. ¿Qué pasa? Me siento aturdido, asustado, confundido. ¿Quién es ése que está ahí, frente a mi jaula? Creo que lo conozco pero no recuerdo su nombre. Ahora suelta la mano de su hermana y me enfoca con su cámara fotográfica. Correo a refugiarme en los brazos de mamá.
        -¿Qué te pasa, monito? ¿Por qué llorás de ese modo? ¿Alguien te pegó, te hizo daño?
        Apenas puedo abrir la boca. Extiendo el dedo índice de mi mano izquierda y señalo al chico que sigue mirándome con sus grandes ojos, sin pestañear.
        -Miralo…miralo…
        Estoy muerto de miedo pero, no sé por qué, me dan ganas de reír al ver a ese muchachito mudo, quieto, con su maquinita de sacar fotos colgada del hombro. ¡Parece tan tonto!
        -Clic.
        Con increíble rapidez, el chico me apunta con su cámara, toma una fotografía mientras yo grito. Más que un grito es un alarido de terror.
        -Nene, ¿qué te pasa? ¿Por qué gritaste?
        Mamá me sacude, trata de calmarme, acaricia mi frente sudorosa.
        -Mamá, tuve una pesadilla horrible. ¡Qué sueño más feo!
        También mi papá se ha despertado con el ruido y viene junto a mí.
        -¿Qué te pasó, varón? – pregunta mientras alisa mis cabellos con sus manos.
        Me acomodo en la cama, tomo un poco del agua que me sirven y empiezo a contar mi sueño.
        -Resulta que estoy paseando por el zoológico  y me detengo frente a la jaula de unos monos. Uno de los animalitos que está saltando de un lado para el otro se detiene y me mira. Me mira, me guiña un ojo y me sigue observando como si hubiera visto un bicho raro. Me preparo para sacarle una foto en el mismo momento en que el monito, trepado a los barrotes, muy cerca de mí, comienza a gritar:
        -“Sos igualito a mí…sos igualito a mí…”
        -Y por eso tanto llanto – comentó mi papá-. Por un simple mono te has puesto a gritar como si estuvieras loco. ¿Qué fue en realidad lo que te produjo tanto miedo?
        -¿Saben por qué me asusté tanto? Porque en el sueño comprendí de pronto que yo era, al mismo tiempo, el monito que brincaba en su jaula y el niño que estaba apuntándolo con una máquina fotográfica.  ¡Es horrible ser dos cosas distintas al mismo tiempo!
        -Bueno, jovencito, a dormir–dijo mamá apagando la luz-, que mañana hay que levantarse temprano para ir a la escuela.
        Mientras cerraba la puerta alcancé a escuchar que me decía:
        -Y que sea ésta la última vez que te comés una banana antes de acostarte. ¿Me escuchaste, monito?



Juan Coletti

TARDE DE OTOÑO



        Estoy bastante triste. No tengo ganas de jugar y me quedo  mirando cómo cae, suavemente, la lluvia de otoño.
        Mamá está planchando en la cocina y  de a ratos se asoma para ver si estoy bien. Cuando ella suspende su trabajo y se aproxima, le sonrío con cariño; pero, inmediatamente, vuelvo a mi posición y continúo mirando a través de la ventana.
        ¿Adónde irá la lluvia?, me pregunto al observar los pequeños hilos de agua que se forman en el jardín y se unen a otros más grandes en la calle.
        Frente a mi casa hay una ruta que une la ciudad con las sierras. Unos tras otros pasan ómnibus y camiones, automóviles y motocicletas veloces, levantando con sus ruedas un estruendo de gotas.
        ¿Qué es lo que me pasa?  Hay algo aquí, en el pecho, como un sentimiento, un deseo de llorar sin motivo. Doy vuelta la cabeza y veo en mi habitación los libros, revistas y juguetes ordenados como quiere mamá. Pero no deseo jugar, tampoco leer  ni ver televisión. No quiero nada.
        ¿Te sentís mal?, hace un momento me preguntó mamita.
        ¡Oh, no!  Pienso para mí. Estoy bien, en serio. Solo quiero ver caer la lluvia y no pensar en “él”. Es “él” quien me tiene así.
        Al rato oigo pasos en la cocina, el ruido de tazas y cucharas, el olor del café y la leche que hierve.
        Vamos, hijita, a tomar la merienda.
        Entonces, ya no puedo resistir más. Voy al encuentro de mamá y abrazándola con todas mis fuerzas le pregunto:
        ¡Oh, mami! ¿Es verdad?
        ¿Qué te pasa, nena? ¿Qué estás diciendo?
        ¿Es verdad que tendré un hermanito?
        Sí, mi vida, eso dijo el doctor.
        ¿Y vos me querrás igual que siempre? Por favor, ¿me lo prometés?
        Mi chiquita, siempre te amaré, siempre, siempre.
        Mamá me besa y acaricia. Tomo después el café con leche, pan y manteca y vuelvo a la ventana. Ha cesado la lluvia. Allá lejos, detrás de los techos de las casas vecinas aparece un arcoiris de inmensa belleza.
        Ahora de mis ojos caen lágrimas como gotas de lluvia, pero nadie las verá, porque ya mismo me estoy secando la cara con un pañuelo.
        No deseo que piensen que ya estoy sintiendo celos por “él”.  ¿Qué se cree?



 Juan Coletti

LOS REYES MAGOS

       
  -No sea tonto, mi niño, los Reyes Magos no pasan por aquí. Deje de  preguntar siempre lo mismo. Y no se ponga a llorar que ahorita mismo lo pongo en penitencia. ¿Dónde se ha visto que los hijos sean tan pretenciosos? Vaya con sus hermanos a pastar las cabras hasta la tarde y luego se vuelven  a las casas a comer. Que el Hugo se ponga las zapatillas y se limpie la nariz y usted se  lava esa cara llena de lágrimas.


         -Sí, mama.
         -Cuide que su hermanito no ande comiendo piquillín  porque se empacha. ¿Me escuchó?
         -Está bien, mama.
         Agripina Duarte viuda de Fernández, vecina de Chilca del Pastor, al oeste de la provincia de Córdoba, miró a sus pequeños hijos  apartarse hacia el monte detrás de la majada y aprovechó entonces para secarse las lágrimas que asomaban a sus ojos tristes y cansados.
         Se sentó a la sombra del alero a remendar la  ropa, pensando en los lejanos años de su infancia cuando ella y sus hermanos enviaban a Los Reyes Magos aquellas cartas redactadas con mano trémula y corazón ansioso.
         El ruido del motor de la camioneta de la empresa de Agua y Energía la sobresaltó. Miró el sol y calculó que era casi el mediodía. El vehículo disminuyó su marcha y se detuvo junto al aljibe que estaba próximo al camino.
         Escuchó que uno de los hombres la llamaba:
         -Buenas, doña.
         -Buenos días, señor. ¿Qué se  le ofrece?
         -Mis compañeros y yo trabajamos en las obras del Dique Los Hornillos. Se nos está recalentando el motor y necesitamos agua. ¿Nos permite que saquemos un poco?
         -Sírvanse lo que necesiten. Para eso está.         
         Arrimaron la camioneta bajo la sombra de los escasos  árboles, llenaron el radiador y aprovecharon la pausa para mojarse la cara y beber un poco de agua fresca.
         -¡Qué calor! –dijo uno de los obreros, secándose la frente.
         -Estamos en enero –dijo la señora Agripina, justificando el verano.
         -Dígame, doña –preguntó el que conducía la camioneta-, ¿aquellos tres changuitos que van con el rebaño son suyos?
         -Sí, señor. Son mis hijos. Lo único que me queda en este mundo desde la muerte de mi marido, que Dios lo tenga en la gloria. Ellos cuidan las cabras  y yo fabrico el quesillo que ofrecemos en la ruta a los turistas que pasan por allí.
         -¿Qué les ha ocurrido que iban tan tristes?
         -Es por los Reyes Magos. Me he cansado de decirles que esta noche no pasarán. ¿Quién puede acordarse de tres muchachitos perdidos en el monte?
         -¿Por qué dice eso, señora? –preguntó otro de los empleados de la compañía de electricidad, insinuando un reproche.
         - Porque sé que no vendrán. Usted también lo sabe, señor. Por estos lados, tan lejos de las ciudades, se vive de otro modo. No tenemos plata ni para pagar una estampilla. ¿Para qué ilusionarlos?
         -Señora, no se ponga triste. Los Reyes Magos reciben los sueños de todos los niños del mundo. Si ellos tienen fe, déjelos creer. Yo también pienso que los Reyes pasarán esta noche por aquí. 
         -¿Cómo puede estar tan seguro?
         -No lo sé. Por pálpito, quizás. Gracias por el agua, doña.
         -Adiós.
         La camioneta se perdió zigzagueando por la huella arenosa, y Agripina volvió a la rutina de la casa: lavar la ropa, tomar unos mates y amasar el pan. Pensar y soñar, recordar el pasado, rezar por el futuro.
         Al atardecer se asomó al camino y escuchó el cencerro de la cabra madrina. Los tres puesteritos animaban con gritos  y silbidos a los animales para que apresuraran el paso. Hasta los perros parecían contagiados por la prisa de los niños.
         -Mama, mama...
         -¿Qué anda pasando, Andrés? –preguntó Agripina a su hijo mayor que apenas tenía diez años.
         -Los Reyes Magos pasarán por aquí.
         -¿Qué está diciendo,  hijito?
         -Esta mañana, apenas salimos de las casas, nos topamos con la camioneta verde y hablamos con los hombres.
         -¿Qué es lo que hablaron?
         -Preguntaron dónde había un lugar con agua y les dijimos  que vinieran a verla a usted.
                   -Sí, pues…Vinieron y sacaron agua para su vehículo. ¿Y entonces?
         -Después nos preguntaron por qué íbamos llorando y les dijimos que usted nos había dicho que los Reyes no pasan nunca por este lugar.
         -Eso les dije, es verdad.
         -Los hombres dijeron que los Reyes Magos pasan por todos lados y que no se olvidan de nadie.
         -Usted, hijo, ¿cree que eso será posible?
         -Sí, mama. Estoy seguro de que ellos vendrán a traernos regalos.
         -Entonces pondrán las zapatillas junto a la puerta, pero con una condición.
         -¿Cuál, mamita?
         -Si los Reyes no pasan, no quiero que se pongan a llorar. ¿Entendieron?
         -Sí, está bien.
         -Ahora vamos a la mesa.
         Los niños comieron rápidamente y se fueron a dormir, rogándole al sueño que viniera pronto  para que la noche se hiciera más corta.
         Horas después, la luna de Reyes asomó su pancita naranja sobre el monte, iluminando el rancho, el  aljibe con su espejo de luz en el fondo y el corral de las cabras.
         Apenas despuntó el alba, los pastorcitos saltaron de sus catres y encontraron, sobre sus viejas zapatillas, un espléndido tesoro.
         -¡Los Reyes! ¡Pasaron los Reyes!
         Sorprendida, Agripina bajó de su cama, tratando de encontrar un sentido a lo que sus ojos veían.
         -Mire, mama. Tal como dijeron aquellos señores. Cuando los Reyes Magos se quedan sin juguetes regalan sus coronas de oro y sus lámparas mágicas.
         -Sí, hijito –dijo Agripina, secándose los ojos-. Los Reyes van a todas partes, ahora lo sé.
         A las ocho de la mañana  en la oficina de administración de Agua y Energía, tres obreros de cara seria y corazón sonriente, escuchaban las amonestaciones del contador:
         -Melchor Cisneros, Gaspar Méndez, Baltasar Pereyra.
         -Somos nosotros –dijo el que tenía la piel más oscura.
         -Les notifico que se les descontarán del sueldo de este mes, a cada uno de ustedes, los efectos pertenecientes a esta empresa y que, inexplicablemente, han perdido anoche: una linterna a pilas y un casco de trabajo color amarillo.




Juan Coletti

SEAMOS BREVES


Seré breve pues, como dice el refrán, lo bueno si es breve es dos veces bueno. ¿Por qué debería yo emplear tantas palabras si lo que voy a decirles es tan simple? ¿Debemos picotear como los loros y repetir una y otra vez la misma frase? Son preguntas que formulo para advertirles sobre los excesos en la conversación, sobre la abundancia innecesaria en el lenguaje escrito. Por más labia que tenga una persona eso no significa que sea ni culto ni inteligente. Deben  ustedes aprender a ser breves y concisos y recordar otro antiguo refrán que dice sencillamente: La palabra es oro.  Si prestamos atención descubriremos cuánta cháchara  se oye por todos lados, en la calle, en el ómnibus, en la oficina, en la misma escuela. ¿Quiénes son los que parlotean con tanta liviandad? Pues los charlatanes  que aprovechan la mínima oportunidad  para  lanzar sus largos  y aburridos discursos. Son los parlanchines que no faltan en cada reunión, en cada festejo familiar, en cada encuentro de padres. Ellos no tienen en cuenta que también los otros desearían echar un par de párrafos, participar en la conversación, enriquecer el diálogo. Pero no, no será así porque el lenguaraz les ganará de mano, arrebatará el micrófono o tomará la palabra y a partir de ese momento  no parará un instante. No se lo  podrá  interrumpir  pues no dejará un resquicio, un pequeño hueco por el cual otro pueda meter la cuchara, es decir que pueda decir lo suyo, con justicia. Dios nos libre del vanilocuo. ¿Quién es un vanilocuo? Nada menos que un vanidoso locuaz, un pavo real que cuando habla se escucha a sí mismo con tal desparpajo que da risa. Procuren meditar sobre lo que estoy aconsejándoles para que jamás caigan en semejante verborrea que los convertirá en el hazmerreír de la ciudad. Tengan presente la sabiduría que encierran las frases populares, como aquella que nos dice: Al pan, pan y al vino, vino, que nos invita a ser precisos y justos en el empleo del habla. Habrán escuchado por ahí la expresión  tiene un pico de oro. ¿Qué significa? Que es alguien de habla perfecta, uno que parlotea sin descanso, con facilidad y soltura, con llamativo arrebato. Huyan, como si fuera una peste, de la grandilocuencia, de toda clase de excesos, de las repeticiones innecesarias. ¿Para qué emplear miles de palabras si podemos decir lo mismo con mucho menos? Estoy segura de que ninguno de ustedes continuaría leyendo un libro en el cual el autor repite una y otra vez las mismas escenas, los mismos parlamentos, que da vueltas en círculo como aquel que se ha extraviado en un desierto. Amen la brevedad porque, según dicen los sabios, lo pequeño es hermoso.  Sean avaros de su tiempo, no desperdicien sus horas hablando por el solo gusto de hablar, no malgasten sus mejores momentos en conversaciones sin sentido en las que se empleen palabras huecas, murmuraciones  y cuchicheos  al por mayor. Nuestro deber es dar el ejemplo, servir de modelo a las generaciones que nos siguen para que no caigan en los mismos errores ni en las mismas tentaciones. Lo que simplemente quería decirles es:
       -Buenos días, alumnos.
       -Buenos días, señora directora.



Juan  Coletti

TUYO ES MI CORAZÓN

            -¿Qué te pasa, Angelina? –le preguntó  la señora Gloria a la alumna que acababa de ingresar al aula de sexto en la Escuela Alejandro Carbó-. Te ves pálida. ¿Te sentís mal? ¿Querés que llame a tu familia?
        -Gracias, señorita. Estoy un poco mejor. ¿Puedo sentarme?
        -Por supuesto,  en  unos  minutos  empezaremos las actividades.
        Pasó la mañana sin mayores novedades, sonó el timbre y todos los chicos corrieron en tropel hacia la calle. Angelina regresó a su casa, por la avenida Colón, conversando animadamente con su compañera de grado María Rosa.
        Eran  íntimas amigas desde el Jardín, por eso acostumbraban confiarse sus secretos sin que nadie, ni sus padres, lo supieran. Pero no imaginen que eran secretos feos o desagradables sino experiencias que les iban enseñando a crecer. A esa edad cualquier nena se siente toda una mujercita. ¿O no?
        -Angelina, ¿por qué no volvemos a casa por la 9 de Julio  como lo hacemos siempre?
        -Ni loca.
        -Pero, ¿qué te pasa? Apenas cruzamos La Cañada tomamos el Área Peatonal. Hace años que vamos y venimos por el mismo camino.
        -Pero ahora no quiero pasar más por ahí.
        Por  ahí  es una de las esquinas mágicas que tiene la ciudad de Córdoba. En ese lugar se cruzan las calles 9 de Julio y Figueroa Alcorta y en medio de ésta, dividiéndola en dos manos, pasa La Cañada, un canal empedrado bordeado por altas y luminosas tipas, que lleva el desagüe de las lluvias y desemboca, unos quinientos metros más adelante, en el río Suquía.
        -Bueno, supongo que no guardarás un secretito que no querrás compartir con tu mejor amiga –la provocó María Rosa.
        -¿Para qué me preguntas? Vos sabés cuál es el motivo. ¿Tengo que repetírtelo?
        -No me digas que es por ese chico.
        -¿Cuál?  
        -No te hagas la tonta. Me refiero a ese chico que cada vez que pasamos te dice  piropos.
        -Más o menos. Será por eso.
        -¿Te referís al negrito que limpia vidrios en los autos? A mí me parece gracioso.
        -Para mí no es gracioso, María Rosa. Es un guarango.
        -Nunca escuché que te dijera algo desagradable. Mi hermana Cecilia dice que poco a poco las mujeres nos vamos acostumbrando a que los hombres nos digan cositas. ¿Me entendés?
        -Pero nosotras todavía no somos mujeres.
        -¿Qué estás diciendo?  Si tenemos once años.
        Así, conversando, continuaron por Colón, doblaron por Salta y, muy cerca una de la otra, cada niña entró a su casa.
        Lo que ocurre es que Angelina no desea pasar  por ahí, porque en ese lugar, todos los  santos días, aparece un morochito que tendrá unos trece años. No sabemos mucho sobre él, sólo que limpia vidrios con un grupo de amigos y cada vez que ve a Angelina venir caminando por 9 de Julio, deja todo lo que está haciendo para observarla y decirle cosas como estas: Hola, mi preciosa. Quien fuera baldosa para que pudieras pisarme con tus hermosos pies. Quien pudiera ser una gotita de sangre para recorrerte entera. Adiós, que tengas buenos días. ¡Ah! Y no te olvidés que tuyo es mi corazón.
        Al día siguiente, María Rosa faltó a clase por un problema de familia de modo que Angelina salió temprano de su casa rumbo al colegio. Extrañamente, no se desvió por la avenida Colón  sino que tomó directamente por la 9 de Julio. Y allí estaba el Braian, el mismo balde de plástico anaranjado, los mismos amigos y su infaltable galanteo: Si los suspiros fueran besos yo sería un huracán. Buenos días, princesa, si necesitás  un esclavo que te lleve los útiles, sólo tenés que hacerme una seña, así,  con tu manito. Adiós, hasta mañana y no te olvidés: tuyo es mi corazón.
        Angelina siguió su camino, seria como siempre, pensando en las  distintas emociones que sentía cada vez que aquel chico venía a su encuentro. Con cuántas ganas le hubiera dicho: “salí de aquí, pedazo de estúpido. Andá a estudiar, grandísimo burro. La próxima vez voy a llamar a  la policía. ¿Por qué me molestás? ¿Qué te hice?” Pero ella jamás le contestó algo parecido al Braian. Estaba confundida porque no sabía si era bronca o lástima la que sentía por ese chico atrevido. Pasaron nuevamente las horas de clase y regresó con su papá que ese día había ido a buscarla en su auto.
        El motivo por el cual el señor de la Fuente  había ido a buscar a su hija es porque Angelina tiene que ir esa misma tarde a una entrevista con el cardiólogo al Hospital Privado. Los  últimos estudios que le hizo el especialista han dado resultados negativos. Angelina no tiene que hacer grandes esfuerzos  físicos porque padece de una grave anomalía en su corazón, una enfermedad que el doctor Borinstein ha diagnosticado como muy grave.
        A partir de aquel día, la familia de la Fuente llevaba a su hija en auto a la escuela y de paso, como era lógico, María Rosa viajaba con ellos. Así fueron pasando las semanas y los meses sin que Angelina volviera a pasar  por ahí. Por ahora tenía que resolver el problema de su salud, cada día más precaria, aunque a veces le aparecían las imágenes del chico limpia-vidrios y hasta llegó a pensar, con cierto asombro, que extrañaba las pícaras adulaciones  del Braian que le producían, cómo decir, una especie de cosquillas  en algún lugarcito de su cuerpo.
        La familia de la Fuente, apenas terminadas las clases, internó a Angelina en el Hospital a la espera de  una urgente intervención quirúrgica.  Recién en diciembre llegó la donación de un órgano que le fue implantado con éxito. Algunos compañeros de la escuela, primos  y tíos y, por supuesto su mejor amiga, María Rosa, iban de vez en cuando a visitarla a la habitación 3l3 del Hospital Privado.
        Pasó la Navidad  y llegó el nuevo año. El cuerpo de Angelina seguía funcionando a la perfección. Pronto cumpliría doce años,  en pocas semanas iría de vacaciones a algún lugar en las Sierras y continuaría recibiendo regalos y mimos al por mayor. Todo, hasta la luz del sol le parecía diferente.
        Y de repente, ¡otra vez a la escuela! Temprano, por la mañana, Angelina y María Rosa caminaron por la 9 de Julio, cruzaron La Cañada y llegaron al Carbó. Lo mismo de siempre: nuevos maestros, antiguos compañeros, otros saberes le esperaban.
        En uno de los recreos, como María Rosa era muy buena amiga pero también algo chismosa, no tuvo más remedio que sacar el tema:
        -¿Qué me decís?
        -¿Qué cosa?
        -Parece que tu galancito se mudó a trabajar a otro lugar.
        -Mejor así, no tengo muchos deseos de verlo.
        Pero no siempre decimos en público lo que realmente estamos pensando. Día tras día, apenas  pasaban  por ahí, Angelina deseaba volver a ver a Braian. ¿Cómo era posible que ella tuviera semejantes deseos? Si hasta una tarde, quién lo hubiera dicho, cuando fue al centro a comprar algunos útiles que necesitaba para el colegio, caminó las cinco cuadras que la separaban de ese lugar sin poder explicarse por qué lo hacía ni por qué sus ojos se llenaron de lágrimas.
        Lo que Angelina jamás pudo haber  sabido es que cuando ella estaba internada en el Hospital, un automóvil atropelló al Braian en la esquina de 9 de Julio y La Cañada. Jamás pudo saber, porque así está establecido por la ley, que su familia pudiera conocer el nombre del donante del corazón que ahora estaba latiendo en su pecho.
        Caramba, aunque uno sea un niño, debería saber un poco más sobre los misterios de la vida. ¿Todo fue una simple casualidad o estaba escrito en el Libro del Destino? ¿Habrá una historia más increíble y maravillosa que la de Braian y Angelina?
        Tampoco nosotros lo sabemos aunque ahora, varios años después, dicen que está naciendo una leyenda. A ciertas horas de la mañana, si uno se detiene en 9 de Julio  y La Cañada y presta atención, podrá escuchar, como en un susurro, la voz de un niño que dice: Tuyo es mi corazón.

Juan Coletti

LA HORMIGA PELEADORA

    
     Estaba yo apoyado en un árbol del parque  cuando se aproximó una hormiga roja, tambaleándose bajo el peso de una enorme hoja.
       -Hola –dije, saludándola con mi mano derecha tal como lo hacen los soldados.
       -¡Hola! – volví a repetir mi saludo.
       -¿Por qué me saludás de ese modo? –preguntó el  bichito rojo, visiblemente enojado.
       Al principio no supe qué  contestar. Yo había tratado de ser amable y respetuoso, pero la hormiga se mostraba incómoda, de modo que alzando el tono de mi voz le grité:
       -Te  saludo porque es una tarde muy hermosa, porque estoy de paseo en el parque con mis compañeros del colegio, porque tengo buen humor y además porque se me da la gana.
       -¡Qué manera de hablar! ¿Eso es lo que te enseñan tus maestras?
       -Ni pienso contestarte.
       -¡Yo te voy a dar! –dijo la hormiga aproximándose peligrosamente.
       -¿Qué te pasa? ¿Por qué te enfurecés de esa manera?
       -Mi estimado niñito, voy a picarte en ese pie descalzo que tenés apoyado sobre el pasto para verte llorando de dolor. Sí, señor, eso es lo que voy a hacer ahora mismo.
       -Por favor, no lo hagas –supliqué, simulando temor.
       -Está bien –respondió la enloquecida hormiga-, esta vez voy a perdonarte, pero en la próxima nadie te salvará de que te pique. ¿Has escuchado?
       -Sí, oí bien.
       -Entonces,   levantate.
       -¿Por qué debo levantarme? Estoy muy cómodo en este fresco lugar- respondí bastante enojado.
       -Porque personalmente te lo ordeno. Estoy cansada de ver chicos y chicas en el parque. No hacen otra cosa que molestar a mi familia.
       -Estás loca –le grité-. ¿Quién diablos molesta a tu familia?
       -Ustedes, los chicos de la escuela, los que han venido en ese ómnibus pintado de color naranja. Desde aquí alcanzo leer:”Transporte  Escolar”.
       -¡No me digas! ¿Y qué más te fastidia, si puedo saberlo? –pregunté en un tono de evidente burla.
       -Que tomen su merienda, jueguen al fútbol, griten y pisoteen nuestros senderos.
       -Estás completa y totalmente chiflada, pequeña hormiguita. Además, sos una peleadora. ¿Te das cuenta de que puedo aplastarte y acabar en un segundo con tu vida?
       -Es cierto, bravucón, podrías hacerlo fácilmente porque sos miles de veces más grande y fuerte que yo. Eso te da por ahora algunas ventajas.
       -Entonces me quedaré aquí, sentado a la sombra de este árbol y no me moveré.
       -Te ordené, grandísimo insolente, que te levantes o te arrepentirás. Contaré hasta cinco para que después no andes diciendo que me aproveché.
       -Podés hacer lo que quieras, hormiga peleadora. No me apartaré de este sitio. No sigas molestándome.
       -Está  bien. Vos lo quisiste. ¿Te levantás o no?
       -¡No!
       -Empiezo  a contar. De atrás para adelante. Cinco…cuatro…tres…dos…
       Antes de que la cuenta de la hormiga llenara a  uno  di un tremendo grito de dolor y salí corriendo, sacudiéndome, desesperadamente, los pantalones.
       De aquel memorable paseo por el parque y del incidente con la hormiga roja, saqué la siguiente conclusión: cuando se encuentren, en cualquier lugar, con una hormiga peleadora, no se pongan a discutir con ella. No les vaya a suceder que estén, como lo estaba yo,  sentado  sobre un hormiguero.

JUAN COLETTI



EL PAJARITO HERIDO

 


JUGANDO EN EL JARDÍN
ENCONTRÉ UNA MAÑANA
UN PAJARITO HERIDO.

TOMÁNDOLO EN MIS BRAZOS
LE PREGUNTÉ LLORANDO:
¿QUIÉN HA ROTO TUS ALAS?

UNOS NIÑOS MUY MALOS,
ME DIJO SUSPIRANDO.
Y SE QUEDÓ DORMIDO.

CUANDO CURÉ SU HERIDA
ABRIÓ SUS BELLAS ALAS
Y VOLÓ POR EL CIELO.

JAMÁS OLVIDARÉ,
ME DIJO, EMOCIONADO,
QUE ME HAS AMADO TANTO.

Y DESDE ENTONCES, SIEMPRE,
ME DESPIERTA TEMPRANO
EL RELOJ DE SU CANTO.



 Juan Coletti