Mostrando entradas con la etiqueta Poemas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poemas. Mostrar todas las entradas

ATARDECER EN FRAY LUIS BELTRÁN

ENERO DE 1940

        A la memoria de Magdalena

Sombra que aletea en mi memoria
Abandonada acequia de espárragos y peces
Suave aroma de pan recalentado
Tu flor es suspiro de salud
Quebrada arcilla en mitad de la piel
Con su pulida superficie amarilla
Un sol de metálicos pétalos
Corona la abundancia de malvones
Fruto que rescata al exterminio
Aroma del café que te llevábamos los niños
La mediatarde apetitosa
Tu trabajo

Los adormecimientos de la alfalfa
Los distantes oasis de la siesta
Mansas figuras que flotan 
En los desplegados ríos de mi sangre
Tarde de verano que perdura
En el despedazado rostro del recuerdo
La amapola que crece junto al rancho
Llama azul
Mariposa nocturna
Antigua lámpara de carburo
El acre acetileno
Y el olor de tus guisos
Los niños entran y salen por el patio
Del arco de luz al arco de las sombras
Hermana Magdalena  en su cuna
Moribunda
Tan niña
Escucho risas después llantos
Frases que no alcanzo a comprender
Alguien llama golpeando sus manos
¿Quién es? 
Los perros comienzan a ladrar
La lámpara reduce su fulgor
Un grupo de personas se aproxima

JUAN COLETTI

FLORECILLAS DEL CAMINO *



Florecillas del camino
que hoy alegráis mi niñez.
 oh,  cuando pasen los años,
 alegradme la vejez.


* Primer poemita escrito por Juan Coletti, en la primavera de 1945, cuando iba camino de la Escuela 117 de la Finca El Zorzal, Maipú. Mendoza

FLORECILLAS DEL CAMINO

Canción


Allá lejos canta un niño
a la sombra de los álamos
la tonada de su infancia
en un tiempo muy lejano.

Sus voces van despertando
a los pájaros dormidos
que alzan vuelo en la mañana
bajo el cielo de Chachingo.

Canta y ríe el campesino
que va camino a la escuela
y jugando lo acompaña
el murmullo de la acequia.

Huele en el aire el aroma
de las viñas mendocinas
que guardará en su memoria
mientras le dure la vida.

Sus ojos van descubriendo
los colores de la brisa
y de pronto la inocencia
se hace poema en su vida.

Florecillas del camino
que hoy alegráis mi niñez
oh, cuando pasen los años,
alegradme la vejez.


Letra: JUAN COLETTI   Música: SERVANDO COLETTI

CRISTINA, ESTÁ NEVANDO…



Cristina, está nevando
en la ciudad y en las montañas.
 Tal vez en este día, gris y  frío, 
aún sigan ardiendo aquellos leños
que encendimos no hace mucho
con Gladys y con Hugo
en el último viaje de tu vida.

No son tus ojos los que hoy contemplan
la caída suave de los copos helados
sino los de aquellos que te amaron
 que hoy te ofrecen sus miradas
para que goces de la luz 
de este mediodía.

Heredamos tu dicha de vivir,
tu fuerza y el valor frente al destino, 
tu incansable sonrisa
que nos obliga a recitarte
los versos de Quevedo:

...su cuerpo dejarán, no su cuidado,
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado…

JUAN  COLETTI

FRAGILIDAD DE LA LUZ




Se insinuaba fresca la mañana;
el sol apenas refulgía. Rojo
azafrán, sus pétalos dejaban
en el altar del campo su tesoro.

Una brisa sin prisa desplegaba
su aroma verdegal. Sobre tu rostro,
un  ave, al cimbrar sobre una rama,
espolvoreaba el oro del aromo.

El espacio del mundo estaba lleno
de tu proximidad; solo faltaba
que se tornara visible tu ternura.

Al fin me recibiste. En el seno
de la fragilidad de la mañana
Estallaba la luz en tu cintura.


JUAN COLETTI

LA NAVIDAD DE JUANITO LAGUNA, ANTONIO BERNI



Brindo por la familia campesina,
por los abuelos fundadores,
por nuestros padres,
por los que son y fueron
semilla y alegría de la vida.

*


Del libro CANTO LABRIEGO de Juan Coletti y Carlos Alonso

LOS DIOSES DEL DESTINO



Los dioses han marcado las líneas del destino
Desde el inicio, en la aurora de la sangre,
Con sus piadosos gestos que incluyen
El hambre y la pobreza,
La precoz visión de otros mundos,
La intimidad con la tibieza de la muerte,
Un orden superior,
  
Amonestado por el poder de mi impaciencia,
La rebelión y la caída
                 Y el salto hacia un espacio inasible
Así ha sido y parece ser el modo
En que me incluyo en el proceso
De estar aquí, presente y como ausente,
Aligerado de la opresión y el castigo,
Y sé que no habrá compasión
Ni flaquezas ni quejas y mucho menos
Una súplica que invalide la disposición
De los señores del destino, los amos
De tu vida y la mía, la de todos,
Los titiriteros eternos, los burladores,
Que aúllan en la noche y nos preguntan:
¿Qué es lo que desean?



 Juan Coletti


EL CABALLO DE LAS  SIETE LUNAS

Si en tu región astral se ha detenido el tiempo
como un motociclista junto a los cerros
a contemplar el galope lunar sobre las jarillas;
si en tu meditación has resumido
la historia universal del hombre,
dejame, entonces, que salude la llegada de la luz,
principio del ser manifestado en los almendros
y en el panal de miel de la flor del ciruelo.
Si has golpeado con el martillo de tu mente
el mar profundo de la eternidad y ya no quieres
volver a la estrecha caparazón del cuerpo,
dejame contemplar el ancho vestido de la Madre,
su falda de viñedos y el árbol de cenizas
que crece donde las montañas bajan los hombros.
Si preferís el fútbol, divertite, corré
el domingo  a la tarde a gritar y volvé
apretujado en camiones, enardecido de naranjas y sol.
Si amás la serena celda del silencio,
rezá por nosotros, los que sembramos,
los campesinos del verbo regado con la sangre,
fertilizado en el amor que no tiene fronteras.
Dondequiera que estés, donde la ley centrífuga te lleve,
recordá que del hombre al mono hay una distancia
semejante a una cuadra de oscuros conventillos,
y que a partir  de hoy, hasta volver al círculo de fuego,
hay una escalera de millones de historias.
Si tenés vocación, dejá de imaginar
y volvé con nosotros a investigar las leyes del Zodíaco.
Si amás la verdad, buscá el signo del átomo,
su símbolo secreto, el paisaje que esconde
la actividad de su energía y porqué la leucemia,
vestida de enfermera, secuestra a tantos niños.
Si por sólo un instante has roto el círculo moral
del odio que separa a los pueblos
y venís renunciando la riqueza y el tedio,
repartiendo la tierra entre la gente pobre;
si sólo te ha quedado la bicicleta de trabajo
y el rostro de tu esposa, rosa de castidad,
tendrás, te lo aseguro, un amor venturoso.
Nadie entrará a tu casa sin besar a tus hijos,
ni comerá del fruto de la higuera sin bendecir la mesa.
Iluminado y simple, verás el rostro del Deseado
en el vaso de agua de tu cena, en el milagro
de los niños que predican amor desde sus cunas.
Verás cómo te arrastra el vértigo feliz de no ser nadie,
de soltar la hojarasca amarilla en el invierno del olvido,
para resucitar, como un brote de ajo,
en la huerta de los chacareros mundiales.
Ascenderás como la escarcha en el fuego del sol.
Te astillará la luz en las alas del  brazo
saludando a los pájaros que vendrán en tu búsqueda.

JUAN COLETTI

Mendoza, 1957.