EL NIÑO Y EL MONITO



        Soy un monito y vivo en el zoológico. ¡Qué rápido soy! Subo y bajo, salto y me cuelgo de la cola, hago ruidos con mi bocaza.
        ¡Cuánta gente ha venido hoy!
        -Mamá, ¿hoy es domingo?
        -Sí, mi monito, pero quedate tranquilo un momento, por favor. No te hagas el payaso, que me tenés cansada con tantos movimientos.
        Mamá está sentada en un rincón de la jaula pelando bananas para el almuerzo. Mi hermanita duerme y de vez en cuando se rasca la barriguita.
        Desobedezco a mi mamá y continúo haciendo toda clase de monicacadas para que la gente me aplauda y saque fotos.
        -Monito, te dije que no debés comer lo que la gente tira dentro de nuestra casa. No quiero que vuelvas a enfermarte.
        Pero no puedo. Soy un mono genial. Me gustan los maníes, los caramelos y las galletas que me arrojan los chicos.
        De pronto, observo a un niño que me mira fijo, muy fijo. ¿Qué pasa? Me siento aturdido, asustado, confundido. ¿Quién es ése que está ahí, frente a mi jaula? Creo que lo conozco pero no recuerdo su nombre. Ahora suelta la mano de su hermana y me enfoca con su cámara fotográfica. Correo a refugiarme en los brazos de mamá.
        -¿Qué te pasa, monito? ¿Por qué llorás de ese modo? ¿Alguien te pegó, te hizo daño?
        Apenas puedo abrir la boca. Extiendo el dedo índice de mi mano izquierda y señalo al chico que sigue mirándome con sus grandes ojos, sin pestañear.
        -Miralo…miralo…
        Estoy muerto de miedo pero, no sé por qué, me dan ganas de reír al ver a ese muchachito mudo, quieto, con su maquinita de sacar fotos colgada del hombro. ¡Parece tan tonto!
        -Clic.
        Con increíble rapidez, el chico me apunta con su cámara, toma una fotografía mientras yo grito. Más que un grito es un alarido de terror.
        -Nene, ¿qué te pasa? ¿Por qué gritaste?
        Mamá me sacude, trata de calmarme, acaricia mi frente sudorosa.
        -Mamá, tuve una pesadilla horrible. ¡Qué sueño más feo!
        También mi papá se ha despertado con el ruido y viene junto a mí.
        -¿Qué te pasó, varón? – pregunta mientras alisa mis cabellos con sus manos.
        Me acomodo en la cama, tomo un poco del agua que me sirven y empiezo a contar mi sueño.
        -Resulta que estoy paseando por el zoológico  y me detengo frente a la jaula de unos monos. Uno de los animalitos que está saltando de un lado para el otro se detiene y me mira. Me mira, me guiña un ojo y me sigue observando como si hubiera visto un bicho raro. Me preparo para sacarle una foto en el mismo momento en que el monito, trepado a los barrotes, muy cerca de mí, comienza a gritar:
        -“Sos igualito a mí…sos igualito a mí…”
        -Y por eso tanto llanto – comentó mi papá-. Por un simple mono te has puesto a gritar como si estuvieras loco. ¿Qué fue en realidad lo que te produjo tanto miedo?
        -¿Saben por qué me asusté tanto? Porque en el sueño comprendí de pronto que yo era, al mismo tiempo, el monito que brincaba en su jaula y el niño que estaba apuntándolo con una máquina fotográfica.  ¡Es horrible ser dos cosas distintas al mismo tiempo!
        -Bueno, jovencito, a dormir–dijo mamá apagando la luz-, que mañana hay que levantarse temprano para ir a la escuela.
        Mientras cerraba la puerta alcancé a escuchar que me decía:
        -Y que sea ésta la última vez que te comés una banana antes de acostarte. ¿Me escuchaste, monito?



Juan Coletti

YO FUI UN NIÑO ESCLAVO


En estos días la sociedad mendocina está conmovida por las denuncias documentadas de la existencia de niños que trabajan en condiciones de esclavitud laboral. Todos los medios del país se han ocupado de la vergonzosa situación, la inhumana explotación de los pequeños que trabajan en el cultivo y la industrialización del ajo.
Me asombra comprobar que han pasado décadas, tal vez un siglo, desde que los entonces  descendientes  de emigrantes italianos y españoles hasta los hijos hoy de bolivianos continúan siendo la mano de obra más barata en Argentina sin que nadie hiciera sonar la voz de alarma.
En 1941, tenía yo 9 años, mi papá acomodó un viejo azadón para que pudiera ayudarlo a surquear y hacer el “lado chico”. Al llegar ese año la época de la vendimia lo acompañaba a la cosecha. Muy temprano, al amanecer, pasaba un camión a recoger a la gente que se amontonaba sobre la carpa todavía pegajosa por el mosto del acarreo del día anterior.
Con las primeras luces tomábamos una hilera y comenzábamos a llenar los recipientes, tal como se sigue haciendo hoy. Una tarde quise acarrear un tacho que pesa alrededor de 25 kilos y se me cayó cuando intenté subir a la plataforma que permite echar la uva en el camión. Me sentí humillado frente a la risa de la gente y el enojo de mi viejo.
Después, en Fray Luis Beltrán, en Chachingo, en la Finca El Zorzal de Giol y en Russell continué ayudando a la familia sin tener ni la menor idea que yo era un niño esclavo, tanto como mis hermanitas que entonces serían niñas esclavas.
Cuando los diputados, senadores y jueces del trabajo pasan sentados cómodamente en sus automóviles, ¿jamás han observado en las viñas y en las chacras, en granjas y galpones de acopio que miles de niños muy chicos están trabajando a veces por una mísera paga y otras por solo ayudar a sus padres? ¿Sabe la culta y conservadora sociedad mendocina las tareas que hacen los niños esclavos? Voy a hacerles una síntesis.
Apenas terminada la cosecha hay que arreglar los callejones, las acequias taponadas y prepararse para el nuevo ciclo agrícola. Los niños aprenden a podar las cepas, a atar, acarrear los sarmientos, luego a desbrotar, a envolver, a despampanar, a regar.
Cuando pueden sostener la mancera de un arado van por las hileras con sus pequeños y cansados cuerpos haciendo la tarea de los adultos. Algunos, con un poco de coraje aprenden a desorillar, tarea que exige un enorme esfuerzo en todo el cuerpo para evitar que la reja arranque una cepa.
También un niño debe aprender a mugronar, a enguanar, a sulfatar. En 1945 mientras colaboraba con las tareas de fumigar las viñas con sulfato de cobre, al atardecer sentía tanto dolor que tuve que suspender. En mi casa mi mamá, al sacarme la camisa vio que tenía la espalda al rojo vivo debido a que el tanque de la mochila seguramente perdía liquido. En el Hospital de Maipú me curaron las llagas y a los pocos días continuaba trabajando. Era el tiempo en que había escrito mi primer poema:

Florecillas del camino
 que hoy alegráis mi niñez.
¡Oh! Cuando pasen los años
 alegradme la vejez.

Siempre he pensado que Mendoza es la capital de la inmunidad patronal. Los hechos denunciados y los que seguramente saldrán a la luz corroborarán este pensamiento. “¿Qué es ese asunto de los derechos universales del niño?”, se preguntarán muchos explotadores. “Si quieren comer que bajen el lomo. Si los padres quieren trabajo, entonces que sus hijos también lo hagan, por la misma paga”, será la misma y cínica reflexión que tenían y siguen conservando los amos. 
Es posible que el escándalo pase y como en el gatopardismo, “que todo cambie para que nada cambie”. Las generaciones se irán sucediendo mientras padres y madres, niños y niñas continuarán haciendo que Mendoza siga siendo una provincia rica, con su multitudinaria fiesta de la Vendimia año tras año para orgullo propio y maravilla de los turistas. 
¿Y los niños? Bien, gracias. 

Juan Coletti

ORAR Y MEDITAR EN EL SIGLO XXI

        

Orar y meditar suenan como dos palabras extrañas  en la cultura predominante en esta primera década de siglo XXI. Bastaría realizar una encuesta para descubrir que son pocos  los que se han detenido  un momento a pensar sobre los diversos porqué es necesario no marginar técnicas que se relacionan con la autorrealización del individuo y cuyo origen es tan antiguo como nuestra civilización.
Orar, rezar, meditar, visualizar, reflexionar, ¿son acaso ejercicios necesarios en estos acelerados tiempos en los que podemos comunicarnos a distancia en cuestión de segundos y transmitir y recibir  noticias, escritos, imágenes a discreción?  ¿Qué influencia puedo recibir y cómo puedo yo influir en otros con esas prácticas que para muchos suenan como pasatiempos de la posmodernidad? 
Hace 1.000 años, el persa Alí al-Huseyn (980-1037) médico, filósofo y sabio conocido posteriormente como Avicena, había anunciado que: “La imaginación de un hombre puede actuar no sólo sobre su propio cuerpo, sino sobre otros cuerpos distantes”. Desde entonces debieron pasar varios siglos de negaciones, cazas  y quemas de brujas y de científicos, desdén intelectual, ingenuos materialismos y otras pestes hasta que  hombres de la religión y la mística continuaran fomentando y fundamentando esas prácticas que como bien dijo el Mahatma Gandhi, “La oración no  es una distracción ociosa destinada a las ancianas. Bien entendida y aplicada, es el más poderoso instrumento de la acción”. Quienes conocemos la vida de este gran líder sabemos qué tremenda y revolucionaria fue su capacidad de orar y meditar, suficientes para poner de rodillas nada menos que al imperio más poderoso de entonces.
Otro que no derribó imperios pero que fue capaz de crear uno de carácter  religioso con el cual conquistó una gran parte del mundo de su época  fue el español Ignacio de Loyola (1491-1556) creador de la  Compañía de Jesús, los famosos  jesuitas, autor  de las enseñanzas  que fueron  fundamentales en la  Regla de la Orden, LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES que han sobrevivido casi intactos hasta hoy. Ignacio de Loyola escribió a propósito: (transcribimos el texto en el español antiguo en que fue escrito hace 500 años): La primera annotación es, que por este nombre, exercicios spirituales, se entiende todo modo de examinar la consciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras spirituales operaciones (…) porque así como el pasear, caminar, correr, son exercicios corporales y, después de quitados, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del alma, se llaman exercisios spirituales. 
Si pretendemos seguir rastreando el origen del orar y el meditar podemos remontarnos aún  más lejos en el tiempo, 2.500 años atrás, para escuchar una de las enseñanzas del gran Buda Gautama, quien nos  dice: Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado. Si un hombre habla o actúa con un pensamiento maligno, el dolor lo persigue. Si un hombre habla o actúa con un pensamiento puro, la felicidad lo persigue, como una sombra que nunca lo deja. 
Es cierto también que mucha gente reza en su casa, en los templos de las diversas religiones y sectas. Es cierto que se practica la plegaria  especialmente para pedir por la propia salud y bienestar y por la de los seres queridos, se pide por ser mejor y barrer las miserias y taras que a diario nos descompensan, se clama por no morir, por encontrar las puertas de la supervivencia, sobrevivir a la muerte del cuerpo, reencarnar, volver a  nacer, morir para encontrarse con los seres amados que se fueron antes. La lista  de los propósitos y reclamos del acto de orar llenaría enciclopedias. 
Si embargo, a  pesar de las buenas intenciones, el mundo permanece inmutable y la sociedad prosigue corroída por los mismos vicios,  supersticiones y maldades que signan las noticias de cada día. ¿Entonces para qué orar? ¿Acaso el orar produce efectos beneficiosos? ¿O los intentos fracasan porque  no sabemos hacerlos correctamente?
A mediados del siglo pasado, un gran maestro de la meditación, Maharishi Mahesh Yogi, llevó a Estados Unidos sus ejercicios espirituales en un libro del que se vendieron millones de copias, “La Meditación Trascendental”.  Sabemos  por los relatos de quienes lo intentaron antes, que los anglosajones son propensos naturales a la vida religiosa pero poco afectos a la vida monacal, a las prácticas místicas tal como lo comprobó Thomas Merton cuando ofreció su abadía a quienes quisieran profesar la condición de monjes contemplativos. 
Sin embargo, millones de norteamericanos, activados por su natural pragmatismo, adhirieron rápidamente a  la práctica de la meditación trascendental. Corporaciones civiles y empresariales, ámbitos académicos y militares descubrieron el poder de la plegaria. ¿Acaso habían descubierto el camino ascendente al Nirvana Búdico? No. Lo que encontraron fue una fuente de poder de realización: salud física y mental, coordinación, creatividad, paz interior, armonía conyugal; el camino al éxito, a la ganancia de dinero, a la abundancia de bienes, de prosperidad. ¿Es lo que pretendió el Maharishi? Sin dudas que algunos deben haber intentado llegar a la cumbre de la montaña aunque el propósito de bienestar del burgués obligó a que nada trascendental sucediera pues ni la muerte, ni el cáncer, ni la locura, ni los vaivenes de las guerras y de la macroeconomía pueden ser controlados aunque millones estén orando. Entonces, ¿qué? 
Maestros de la dimensión de Ramakrisna, de Ramana Maharishi murieron de cáncer. Swami Vivekananda falleció a los 39 años doblegado por una fulminante apoplejía (según el dictamen de los médicos)  después de una sesión de oración y meditación aunque sus discípulos aseguraron que el gran místico había experimentado el  mahasamadhi, un estado de superconsciencia, la unión definitiva con Dios. Teresita de Liseux, enferma de tuberculosis,    dejó su sello sobrenatural a los 24 años en el convento del Carmelo en  el  que permanecía recluida en continua oración y acosada por su implacable Madre Superiora. Simples ejemplos que son simples lecciones a propósito de lo que decidimos pedir a la Vida, a Dios, al centro del misterio, a lo desconocido. Tal vez  orar y meditar no cure enfermedades ni nos haga ricos ni famosos pero en el término de nuestra vida, no importa cuánto dure,  sí es posible que hagamos una conexión, que podamos abrir ciertas puertas que tienen acceso al Tao de la auténtica y única búsqueda justificable: el camino directo del que nos habla la Simbología Arcaica, el Sendero que nos conduce desde el Abismo a la Unión Substancial.
A comienzos del siglo pasado, un joven médico francés, Alexis Carrell,  acompañó a miles de peregrinos hasta el santuario de Lourdes en donde pudo certificar curaciones increíbles, sobrenaturales,  podríamos decir, que le valieron la expulsión del colegio médico de Francia. Instalado  en EE.UU. trabajó en el campo de la fisiología por la cual obtuvo el Premio Nobel. Autor de un célebre libro “La Incógnita del Hombre” que sigue reeditándose hasta hoy, fue también autor de un opúsculo titulado “El Poder de la Plegaria”. Basado en sus experiencias como científico, filósofo y meditador,  dejó una valiosa herramienta para aquellos que decidan incursionar en estas prácticas.
Carrell afirmó que el hombre ha orado y meditado en todas las épocas, tal vez impulsado por su propio desamparo: El hombre -escribió- no ha sabido organizar un mundo para sí mismo y es un extraño en el mundo que él mismo ha creado.  Extrañeza que cada nueva generación experimenta en cuanto la cultura predominante es incapaz de transferir los verdaderos logros que evidentemente no son colectivos, sino individuales.
Dice también: En el curso de nuestra historia, orar ha sido una necesidad tan elemental como la de trabajar, conquistar, construir o amar. En realidad el impulso de lo sagrado parece ser un impulso venido de lo más profundo de nuestra naturaleza, una actividad fundamental. 
En otro párrafo nos encontramos con la definición de la poderosa energía que liberan los ejercicios de la oración y de la meditación al que no siempre sabemos canalizar correctamente: La oración  - afirma - es la más poderosa fuente de energía que cabe esperar. Es una fuerza tan real como la gravedad terrestre. En la oración, los seres humanos tratan de aumentar su energía finita dirigiéndose a la fuente infinita de toda energía. Cuando rezamos, nos ligamos con el inagotable poder motivador que hace girar el Universo. 
Aquí viene otro interrogante: ¿Qué hacer con la energía que liberamos mediante el ejercicio de la plegaria? ¿Es para adicionar como se adicionan los billetes en el banco o para expandir nuestros estados de conciencia más allá del ego, en la búsqueda irrevocable de lo trascendental?
Para persuadir sobre la conveniencia, la necesidad o la oportunidad de orar y meditar, especialmente entre los jóvenes, parece que hoy no es suficiente presentar los antiguos argumentos sino que debemos  buscar el testimonio de  aquellos científicos que están trabajando en el campo de la psiquiatría y de la fisiología, específicamente. Ellos nos permiten echar algo de luz sobre cómo los ejercicios espirituales actúan sobre nuestro organismo. 
El Dr. Arthur Deiknman, psiquiatra, define a la meditación como un proceso de desautomatización de la conducta, es decir que su ejercicio sistematizado hace posible el desmontaje de la estructura mental ordinaria para dar lugar a inesperados estados de conciencia. 
Observamos que dice: “ejercicio sistematizado”, es decir que la práctica debe ser continuada, ordenada de tal modo que haga posible trascender la forma ordinaria de pensar sobre el mundo, la sociedad  y principalmente  sobre uno mismo.
Decíamos al principio: orar, meditar, visualizar. Cuando una persona –afirman los científicos-  traduce  imágenes en el acto de meditar,  se produce un elevado nivel de concentración mental. Este ejercicio absorbe totalmente la atención de la persona y la sustrae de los problemas y preocupaciones del mundo exterior.
De este modo, el practicante es virtualmente transportado a “otro mundo”, a otra dimensión de la conciencia, a un estado mental y emocional más puro. El efecto fisiológico que se logra es el siguiente: las imágenes activadas en el hemisferio derecho del  cerebro  activan el hipotálamo. A su vez el hipotálamo activa el sistema autónomo cuyo resultado es el despertar, el darse cuenta, que impacta sobre todo el organismo.
El sistema nervioso autónomo es un sistema curativo que equilibra y mantiene el flujo sanguíneo, el pulso cardíaco, el ritmo de la respiración y el nivel hormonal indispensable para un correcto funcionamiento del cuerpo, la mente, las emociones  y la sensibilidad.
La medicina psicosomática nos ha enseñado que nuestro ser total es continuamente influenciado por los pensamientos y  emociones que vamos generando a cada instante. Como dijo Avicena influimos y somos influidos por otros seres, por otros mundos, por la Totalidad. 
Tich Nhat Hanh, el monje budista vietnamita de quien acaba de publicarse, justamente, un libro titulado “El Poder de la Plegaria”, nos invita a realizar esta breve meditación:
La mayoría de las personas se ven a sí mismas como olas, olvidando también que son agua. Habituados a vivir en el marco de nacimiento-muerte, todo lo olvidan acerca de aquello que no tiene nacimiento ni muerte. Como la ola vive la vida del agua, nosotros vivimos la Vida que no nace ni muere. Lo único que necesitamos saber es que vivimos esa vida.
Orar y meditar permanecen siempre unidos en el método, y aunque la mayoría sí sabe rezar  no conoce los ejercicios de la meditación. El místico italiano Santiago Bovisio (1904-1962) nos propone una secuencia de meditaciones que parte del lo que él denomina meditación operativa: el trabajo manual del obrero, el campesino, el alma de casa, el que cuida su jardín, el mecánico, etc.; la meditación discursiva, breve y espontánea; la meditación afectiva que moviliza  y reactiva nuestro universo emocional; la meditación sensitiva que ordena y asea nuestro universo sensible, y otras que están al alcance solo de los que son  iniciados por un experto  maestro. 
Esta es  una breve introducción  al fascinante tema de por qué orar y meditar, ahora, en los inicios del siglo XXI, datos que obviamente pueden ser ampliados y discutidos. Son simples pinceladas, sugerencias para aquellos que reciban el toque y sientan el  impulso de aprender un poco más . 
No es necesario creer, tener fe, pertenecer a una religión, ser agnóstico o un escéptico descreído. Orar y meditar son actos privados, íntimos y siempre trascendentes, aunque sean realizados como un juego, por simple curiosidad aunque nadie podrá  quedar a salvo de sus inevitables consecuencias.
Y así como nadie sueña el sueño de otro, podemos enseñar las técnicas y los fundamentos de la plegaria y de la meditación pero jamás entrar en el círculo íntimo de otra conciencia  si el otro no abre sus puertas de la percepción. Como dijo don Santiago Bovisio: “Nadie puede salvar por amor el mal de nadie sino su propio mal”.
 Intentar saber qué somos, quiénes somos ya es un propósito del cual se puede partir al encuentro de lo desconocido. Lo que siga a esa decisión  puede ser tan conmovedor como comprender y sentir que, como dice un aforismo de la Filosofía Perenne:  

Al cortar un manojo de hierbas el  Universo entero se estremece.

JUAN COLETTI


EL CÁNCER DE LA INTERMEDIACIÓN


Un temible parásito canceroso recorre las economías del mundo: el intermediario. 
El flagelo, después de haber provocado, a causa de su torpeza y su afán de codicia desmesurada,  el derrumbe de sus propios  centros de poder, pretende ahora  recuperarse con la complicidad de sus insatisfechos epígonos: los socios del desastre.  
Sus partículas reproductivas se expanden por las recientes y todavía débiles huellas de la globalización desde las grandes metrópolis hasta pequeñas aldeas de lejanos países  a los que exigirá el diezmo necesario para sobrevivir mediante la implementación de la más cuantiosa estafa jamás imaginada.
Cada día escuchamos y leemos, hasta el hartazgo,  las  múltiples versiones que describen el diagnóstico que ha motivado esta Primera Crisis Mundial. El único punto en que todos estamos de acuerdo es que nadie, casi nadie, sabe cómo salir de la hecatombe. Todo se reduce a una suma de discursos, polémicas y contradicciones en las que todos  culpan a todos sin haber podido identificar al verdadero enemigo: el intermediario.  
Especialistas en finanzas, políticos, premios Nobel de economía, gobernantes de los países ricos y de los países pobres, vecinos, lectores de diarios discuten a gritos mientras el derrumbe se acentúa sin encontrar un piso. Y aunque estamos  recién al inicio de la crisis   cientos de miles de empleados y operarios (que pronto serán millones) pierden sus puestos de trabajo, inquilinos que deben abandonar sus viviendas, propietarios que no tienen a quién vender ni alquilar sus casas, fabricantes de automóviles en bancarrota  y todo el resto de las malas noticias que cada mañana nos sobresaltan.
Mientras discutimos, el perverso parásito sigue proyectándose porque su cabeza maliciosa permanece intacta. Desde Wall Street hasta el puestero que en el Mercado de Abasto paga al productor veinte centavos por el kilo  de papa y lo vende a un peso, pasando por el sistema de bancos, financieras, mayoristas, especuladores bursátiles, asesores y corruptores nadie se atreve a identificar al verdadero cáncer  del sistema capitalista: el intermediario. 
No el sentido común que no es nada sino el buen sentido nos revela al instante, con simples argumentos, que la economía mundial podrá recuperarse si antes es vigorosamente saneada mediante, ahora sí, un consenso global legislativo que comience progresivamente a barrer esa zona oscura que intermedia entre el productor y el consumidor, entre quien deposita su ganancia en un banco y quien necesita dinero para progresar. 
De poco o nada servirán  los discursos ni las filosofías políticas, y  económicas si no se hacen presentes los mejores especialistas y los más audaces políticos que se animen a extirpar de raíz al ocioso parásito cuyo cáncer se continúa expandiendo minuto a minuto.
Sin embargo,  no debemos caer  ni en la ominosa pasión de la catástrofe ni en la ingenua obstinación de  pretender que todo cambie para que nada cambie. Ha llegado la hora de meditar y decidir. Entre todos.
De lo que sí estamos seguros es que el nuevo paradigma de la economía del futuro inmediato consistirá en la eliminación del intermediario. Ésta solo es, por ahora,  una idea para discutir, polemizar, aceptar o rechazar pero que, necesariamente, deberá ser analizada  e implementada por expertos que sabrán darle  fundamentos y métodos de aplicación más los necesarios instrumentos para hacerla sostenible en el tiempo. 
La crisis global que estamos padeciendo ha identificado con absoluta claridad al poderoso enemigo de la economía mundial que aunque inmensamente poderoso es ciego, torpe, inhumano y miserable. No queda mucho tiempo. No tiene sentido la búsqueda de equilibrio (que significaría el  triunfo del parásito canceroso) sino el comienzo de una batalla definitiva, el inicio de una nueva era económica no para los mismos beneficiarios de siempre  ni para unos pocos privilegiados  sino para los miles de millones que estamos atrapados en la misma red. 

Juan  Coletti

NIÑOS ÍNDIGO

Los seres humanos tienen un campo energético que los identifica con mayor precisión que las huellas dactilares. Este campo o cuerpo de energía, relacionado con la conciencia evolutiva de cada individuo, puede ser visualizado como de distintas formas y colores, entre los cuales se detecta el índigo (añil, azul oscuro).
La banda de frecuencia índigo debe su color a su nivel de vibración y está determinada por los grados de expansión de la conciencia. Algunas personas tienen una especial sensibilidad que les permite ver la aureola de colores diversos que rodea los cuerpos humanos, fenómeno atribuido durante siglos al don de cierta clarividencia. Sin embargo, en Rusia, en la década del 60 del siglo XX, el científico Semyon Kirlian y su esposa Valentina desarrollaron una máquina fotográfica (*) que registra el tamaño, los colores y los matices del cuerpo electromagnético o aura.
Desde las últimas tres décadas se ha empezado a detectar en todas las razas y culturas la aparición de niños y niñas que poseen atributos físicos, intelectuales, psíquicos y espirituales diferentes  a lo que hasta hoy considerábamos un niño normal, cualidades que revelan la existencia de un nuevo paradigma humano. 
CARACTERÍSTICAS GENERALES

Tienen un ligero abultamiento del lóbulo frontal, ojos y orejas grandes. Sus huesos son finos por lo que generalmente son delgados. Sus cinco sentidos están altamente desarrollados. Son de poco comer y algunos rechazan la carne.
Poseen un incontenible caudal de energía. Son inquietos y les cuesta permanecer en un mismo lugar como si jamás se agotaran. Necesitan liberar su alta carga de energía y por eso la ciencia los califica como hiperkinéticos. 
Son talentosos, sensibles e intuitivos pero no siempre son emocionalmente fuertes. Necesitan equilibrar sus dos hemisferios cerebrales para absorber rápidamente cualquier información.
Aprenden rápidamente y en general se aburren y pierden interés en la enseñanza impartida por otros. Prefieren ser creativos antes que seguir la presentación secuencial de la información que se continúa empleando en la mayoría de las instituciones educativas.
Se vuelven atentos y se concentran ávidamente en aquello que les resulta interesante. Les gusta explorar, indagar, crear, reflexionar.
Aparentan saber quiénes son y qué desean en la vida. Algunos suelen tener sueños muy intensos que pueden recordar y describir detalladamente.
Profesan información a través del tacto por lo que continuamente necesitan estar tocando algo mientras hablan, ven y oyen. Podemos creer que están distraídos pero no es así. Una pelota pequeña que puedan apretar fácilmente les resulta útil mientras leen y escriben.
Tienen dificultad para adaptarse a la autoridad familiar, educativa, social. No aceptan presiones, imposiciones autoritarias ni amenazas. Son democráticos y no toleran la deshonestidad ni la falta de autenticidad por lo que es habitual verlos desafiantes, retadores y  hasta provocativos.
Aunque es natural que sobresalgan del conjunto, los niños índigo no deben ser considerados superiores a otros. Esto significaría un trato diferente, un prejuicio, un abismo que los podría separar del resto de la comunidad.
Son intuitivos y de una sensibilidad psíquica especial.  Prefieren ser líderes y no seguidores y se sienten muy solos cuando no pueden estar en compañía de seres afines. Prefieren la soledad antes de participar en grupos numerosos.
Su natural capacidad creativa les permite hacer las cosas a su manera, a veces porfiadamente. Esta actitud los hace aparecer  como desafiantes y transgresores del sistema familiar, educacional y social en los que están insertos. Lo que sucede es que ellos emplean patrones de pensamiento asociados al hemisferio derecho del cerebro (intuición, afectividad, creatividad, tendencias artísticas).
No son amigos de rituales tales como aceptar una autoridad rígida, formar fila o permanecer sentados durante horas sea en el aula o en actos o ceremonias de cualquier tipo.
El miedo a ser rechazados por su modo diferente de ser y ver la realidad, los puede transformar en niños agresivos o violentos. No es fácil entender hasta qué nivel de frustración pueden alcanzar  si no se sienten comprendidos y aceptados.
El temor al rechazo, a la reprobación y a la discriminación conduce a algunos de estos niños especiales a sobreadaptarse al medio, mimetizándose mediante el bloqueo de sus capacidades y dones naturales. Lo hacen como una autoexigencia para tratar de cumplir con un patrón ajeno a ellos (un patrón estándar) que les conceda una aparente normalidad. De este modo pierden la frescura y la natural espontaneidad que los caracteriza. 
En los niños índigo que se someten a un medio que para ellos es hostil, la presión puede conducirlos al enojo y al fastidio y es frecuente que se desborden molestando a sus compañeros, levantándose de sus asientos o interrumpiendo a la maestra como si un impulso irrefrenable los obligara a descargar la energía no consumida adecuadamente.

¿CÓMO IDENTIFICARLOS?

Para saberlo es necesario formularse algunas preguntas:
¿Actúa desde muy  niño con un sentido de dignidad personal?
¿Su mirada es profunda e inteligente?
¿Le molesta esperar, formar fila o quedarse quieto?
¿Tiene problemas con la autoridad familiar, escolar, social?
¿Es desobediente?
¿Se muestra frustrado o aburrido frente a la rutina o a una enseñanza clásica, enciclopedista y lineal?               
¿Prefiere la compañía de chicos de mayor edad o de adultos?
¿Se muestra interesado en actividades creativas?
¿Es hiperactivo y desordenado?
¿Ha formulado preguntas abstractas a temprana edad?
¿Se muestra arrogante cuando está aburrido?
¿Posee un cociente intelectual elevado?

UNA VISIÓN DISTINTA

Los niños índigo necesitan de un entorno familiar comprensivo y con la suficiente capacidad para contenerlos y orientarlos.
Si las relaciones con sus padres no son buenas, tendrán serias dificultades para su desarrollo integral.
Se debe ofrecerles contención y disciplinarlos amorosamente, tratarlos siempre con respeto y no mentirles jamás para favorecer su equilibrado crecimiento moral y espiritual.
Parte de su bienestar mental y emocional consiste en contar con suficiente tiempo libre y un ambiente social apropiado. Es necesario vigilar el tipo de alimentación, propiciar contactos con la naturaleza, la realización de ejercicios físicos y tareas manuales que los ayuden a canalizar sus energías.
El niño índigo, por mandatos de su naturaleza, necesita optar, tomar decisiones. Se debe procurar no darle órdenes de modo imperativo. Necesita sentirse confiado e integrado al entorno y en consecuencia hay que darle posibilidades de participar en algunas decisiones. El poder elegir, incluyendo el riesgo de equivocarse, lo hará responsable.

VERDADERO Y FALSO

Si existe algo que repugna al niño índigo es la manipulación, el manejo inescrupuloso que ejercen los ideólogos de la política y los fundamentalistas religiosos que se han enseñoreado con la humanidad durante siglos. El fruto de esa conducta es el mundo que hoy les toca vivir a estas criaturas especiales. 
Lógicamente, el niño  aún no ha formado este concepto pero lo intuye y no le agrada que lo conviertan en un conejillo de indias ni en un objeto de mercado al que sólo le interesa convertir la cuestión de los niños índigo en un creciente y lucrativo negocio.
En realidad, no sabemos tanto como quisiéramos sobre estas singulares criaturas. Estamos en los inicios de lo que para algunos es el nacimiento de un nuevo hombre signado incluso por modificaciones genéticas y para otros en una rápida evolución cultural provocada por la ciencia, la tecnología y el acceso acelerado al conocimiento.
Antes de sacar conclusiones no fundamentadas ni adherirnos ingenuamente a una nueva moda, conviene continuar indagando y profundizando con responsabilidad, tarea que debe estar en mano de padres, ecuadores, médicos, biólogos, genetistas, psicólogos, sociólogos, filósofos, escritores.
Quienes estamos en contacto con niños índigo, sabemos que con su mirada inteligente ellos nos están exigiendo respeto y protección. Puesto que somos los que estamos descubriendo y verificando las cualidades y dificultades que identifican a estos seres diferentes, tenemos la obligación de ser su garantía y evitar cualquier clase de manipulación, por más sutil y seductora que pueda parecernos.


JUAN COLETTI


(*)  Denominada máquina electrofotográfica de alta frecuencia que permite captar en cada toma las variaciones del estado físico y emocional de cualquier individuo. 


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Internet. “Semyon Kirlian”. 
NIÑOS ÍNDIGO. Sandra Aisenberg y Eduardo Melamud. Ed. Kier. Buenos Aires, 2003.
NIÑOS ÍNDIGO. Nina Llinares. Ed.Expo-Ser México,      200l

MALALA


UNA LECCIÓN  PARA NUESTROS HIJOS

Mientras lucha por su vida después de haber sido baleada por un fundamentalista talibán, Malala Yousafzai, con apenas 14 años de edad, se ha convertido en un símbolo para millones de niños que no pueden ir a una escuela por ser pobres, por vivir en regímenes autoritarios y también para aquellos que, como nuestros hijos, gozan del privilegio de poder asistir libremente desde un jardín de infantes a la universidad.
Esta jovencita, oriunda del valle de Swat, en Pakistán, fue obligada a huir junto a su familia cuando los talibanes clausuraron su escuela por considerar que las mujeres no tienen derecho a estudio alguno. Hace apenas unos días, al salir de la escuela, en la ciudad donde ahora reside  junto a dos compañeras, fue interceptada por un terrorista quien le disparó en la cabeza.
Malala, desde los once años, había iniciado una campaña en su país por medio de un blog para que todas las niñas paquistaníes tengan el derecho de ir a una escuela, incluso a una universidad, luchando contra el prejuicio religioso que las obliga a ser ciudadanas de segunda a las que no se puede ver en la calle, ni hablar con ellas.
Los oscurantistas de su país dijeron que su campaña era “una obscenidad” y agregaron que si sobrevivía al atentado, volverían a buscarla para darle muerte.
En estos momentos, el mundo entero celebra el coraje de esta niña y ruega para que pueda sobrevivir y continuar su prédica no solamente para su país sino para todos los niños y jóvenes del mundo.
Esta noticia nos llena de dolor y también nos incita a comentarla con nuestros hijos y nietos que a veces protestan por tener que estudiar, no se aplican como debieran y se muestran hostiles hacia sus maestros y desagradecidos con sus padres que muchas veces tienen que realizar verdaderos sacrificios para darle el pan espiritual  que los salvará de la ignorancia, de la brutalidad y la servidumbre a los déspotas: la educación.

Juan Coletti

BIOPOLÍTICA Y CIENCIA FICCIÓN


Sometidas por intereses políticos y económicos, las respuestas científicas a los grandes dilemas del hombre se van demorando por décadas, a veces por siglos, cuando podrían haber sido expuestas al consenso colectivo y resueltas en su tiempo.
En su lugar, la literatura fantástica y la ciencia ficción  están ya adelantando algunas de las claves del futuro a las que algunos investigadores  estarían  asomándose en medio de vacilaciones, prejuicios y rechazos. Si volvemos rápidamente la mirada hacia el pasado, comprobaremos que la imaginación y la audacia han utilizado este instrumento para convertir en realidad lo que en su tiempo apenas fueron utopías o desmesuras.
Entre abril y agosto del 2004,  completé mi novela FRAGMENTOS*, uno de cuyos núcleos es el nacimiento de una nueva sociedad humana en la cual los integrantes son hombres y mujeres de tamaños muy pequeños (de acuerdo al promedio de la talla actual), como respuesta de un grupo de biólogos a la crisis ambiental, demográfica, social, económica y política que ya estamos padeciendo. 
       En una de las conferencias del Maestro Desconocido, la autoridad máxima del movimiento secreto a cargo de las extrañas clonaciones, podemos leer: 

“¿Qué hacer entonces con el hombre? Pues sencillamente reducir su tamaño, drásticamente, mediante operaciones genéticas que no fueron ni siquiera imaginadas hace sólo un cuarto de siglo. ¿Suena a sacrilegio? Yo les respondo diciendo: ¿No sería mayor el sacrilegio de abandonar el destino del Hombre no en la Tierra únicamente , sino como futuros viajeros y exploradores del espacio exterior, para ocupar otros planetas, crear atmósferas, generar la multiplicación de microorganismos y la implantación de hijos e hijas que serían los fundadores de otras culturas? 

En un artículo leído en la Web, el divulgador científico  Nicolás Mavrakis  expone en  Humanos de probeta para un planeta gris  las experiencias que ya se estarían realizando en el campo de la ingeniería genética para adaptar a los seres humanos a un escenario  ubicado en el futuro inmediato. Menciona, entre otros, a Matthew Liao, filósofo y profesor del Centro de Bioética de la Universidad de Nueva York, a Andres Sandberg, doctor en neurociencias  e investigador en el Instituto para el Futuro de la Humanidad en la Universidad de Oxford y a  su colega en la misma institución la filósofa Rebecca Roache. Son ellos científicos reales no autores de literatura fantástica sino de Ingeniería humana y cambio climático quienes afirman que la ciencia ya ha logrado la oportunidad de superar todas las incógnitas que la humanidad ha estado entreviendo durante siglos y en especial en las últimas décadas. 
Como la masa corporal humana necesita de una determinada cantidad de energía para funcionar, la ingeniería genética ya estaría en condiciones para lograr una disminución progresiva del tamaño de los cuerpos reduciéndolos hasta una cuarta parte del tamaño actual. ¿Cómo lograrlo? La respuesta es muy sencilla: sería suficiente con las herramientas disponibles en cualquier clínica especializada en la fertilización de embriones humanos.
Sin embargo, la propuesta ha provocado una fuerte reacción en todos los sectores de la sociedad: científicos, políticos, religiosos, alarmados por las experiencias políticas que marcaron el siglo XX los totalitarismos nazis y soviéticos. 
Siguen las preguntas: ¿Qué tipo de vida está en juego en estas propuestas biopolíticas? ¿Hasta dónde se puede permitir que una elite científica ponga límites a las necesidades globales de la humanidad ante posibles desastres climáticos, biológicos, demográficos?  ¿Es necesario y tan urgente rediseñar la naturaleza del hombre alterando los naturales ciclos de la evolución? ¿Quiénes financiarían los altísimos costos de esta operación, bajo cuál autoridad, detrás de qué justificaciones y principios? ¿Cuáles serían los riesgos de semejante manipulación? 
Los autores del artículo  citado,  frente a acaloradas críticas respecto de sus propuestas, afirman que el motivo por el cual la eugenesia ha sido realmente perversa en el pasado, es porque fue coercitiva, impuesta por el estado y especialmente,  una mala ciencia, ya que fracasó absolutamente provocando enormes sufrimientos  a cientos de miles de personas que fueron empleadas como simples y descartables cobayos.
Quienes permanecen expectantes ante los posibles cambios que se mueven por ahora entre la ciencia real y la ciencia ficción, dicen que por lo menos se ha logrado plantear una serie de preguntas de carácter filosófico alrededor de preocupaciones que no atañen únicamente al campo intelectual y filosófico sino también  al destino mismo de la futura humanidad. 
La ingeniería humana puede parecer distante e irreal aunque esto no significa que no podría convertirse en la única solución a las señales de peligro que exponen  los biólogos, los economistas y los políticos, tanto como los atrevidos escritores que parecieran anticiparse a lo que vendrá mediante los juegos creativos de la fantasía, la ciencia ficción y la imaginación contemplativa.

Juan Coletti









LOS NIÑOS TERRIBLES


Una rápida mirada en el hogar, en la escuela, en las noticias de los medios,  nos revela la presencia cada vez mayor  de niños y adolescentes   trastornados por desórdenes de la conducta, un patrón de comportamiento hostil y desafiante, no cooperativo, de  irritabilidad constante  con sus padres y hermanos, con sus compañeros y maestros y toda clase de personas que represente para ellos la autoridad. 
Lo que sigue es una síntesis destinada a padres y educadores que se ven diariamente afectados y que, en su mayoría, no saben a qué atribuir esas conductas ni cómo orientarse para superarlas.

SÍNTOMAS

Éstas y otras señales son las que ponen en evidencia los trastornos más habituales:

Perder el control emocional por cualquier motivo.
Propensión a discutir con los adultos.
Rehusarse a obedecer el mandato de los mayores.
Irritar a los demás por cualquier motivo.
Culpar a los otros por las dificultades que padecen.
Mostrarse rencoroso o vengativo. 
Tener problemas permanentes en la escuela.
Tener pocos amigos o perderlos sin sentirse afectados.
Ser impaciente e intolerante.
Molestarse con facilidad y protestar.
Ser susceptible y desconfiado.
Mantener una conducta manifiestamente grosera.
Padecer baja estima a pesar de mostrarse desafiantes.
Expresarse con tono severo y con poca amabilidad.




A QUIÉNES AFECTA

Según las estadísticas, son  más los  varones que mujeres los que padecen  algunos de estos trastornos hasta llegar a la pubertad;  a partir de ese ciclo parece igualarse la proporción entre ambos géneros. Afecta entre un 10 y un 15 por ciento  de la población etaria.
Son los padres, maestros y personas en posición de autoridad en el entorno del niño o adolescente los que están en mejores condiciones para detectar estas anomalías del comportamiento familiar y social.
En algunos casos estos trastornos se manifiestan simultáneamente con otros problemas de salud mental como son los estados de ánimo negativos, la ansiedad, la hiperactividad o el déficit de atención, lo que aumenta la urgente necesidad de un diagnóstico y tratamiento inmediatos.
Como un dato curioso, a tener en cuenta, parecen encontrarse más casos en el ámbito urbano que en el rural.
Para el establecimiento de un diagnóstico preciso, los desórdenes deben estar presentes por lo menos durante seis meses según algunas definiciones que se apuntan a continuación.

CUÁLES SON LAS CAUSALES

No se conocen con precisión hasta el momento aunque aparecen algunas  teorías básicas que procuran explicar el origen y el desarrollo de este tipo de comportamiento.
La creciente inestabilidad de los lazos familiares produce efectos nocivos sobre los más pequeños, quienes quedan atrapados en una complicada red de relaciones de parentesco sin saber cuál es su verdadera posición e identidad. 
Algunos científicos sugieren que los trastornos comienzan cuando los niños tienen entre uno a tres años de edad. Quienes desarrollan estas características, niños y adolescentes, pueden haber tenido algunas dificultades en el aprendizaje inicial.
Otros sugieren que las características negativas son actitudes aprendidas que reflejan el efecto de las técnicas inapropiadas empleadas por sus padres o personas en posición de autoridad.
Hay quienes señalan como desencadenamiento la pérdida de autoridad de los padres, el desprestigio social de la carrera docente (mal remunerada, mal considerada), el desprecio por lo distinto, por lo que no se amolda a las expectativas de la cultura predominante.
Muchos padres y madres, por más que se esfuercen en  cumplir con su deber, parece que no tienen otra opción que ser excesivamente permisivos, poniéndose al servicio absoluto de sus hijos quienes, obviamente, se transforman en seres ingobernables y déspotas con las desastrosas consecuencias por todos conocidas. 

TRATAMIENTO PROFESIONAL

El tratamiento específico de aquellos que padecen algunos de los síntomas que identifican estos trastornos será del pediatra en el caso de los niños o el médico en los adolescentes, basándose en lo siguiente:

Edad, sexo, estado de la salud en general del paciente.
Verificar qué tan adelantados están los síntomas.
Comprobar la tolerancia (si fuera necesario) a determinados medicamentos, procedimientos o terapias.
El tratamiento podrá incluir o no psicoterapia individual.
Considerar alternativas para una terapia familiar que tiene como objetivo mejorar la capacidad de comunicación y el fomento de la interacción familiar.
La crianza y educación de estos niños y adolescentes, suele resultar una tarea muy difícil y agobiadora. Los padres, a su vez, necesitan apoyo y comprensión y al mismo tiempo aprender a desarrollar métodos  más eficaces para la crianza y educación de sus hijos.
No debiera descartarse la terapia de grupo con los compañeros de la escuela con el propósito de utilizar las capacidades sociales e interpersonales.
Si se descarta algún tipo de terapia específica (pudiendo haberla implementado), los síntomas no solamente no desaparecerán sino que se incrementarán hasta llegar a patologías más complejas.

NIÑOS DE UN MUNDO DIFERENTE

No sabemos con precisión cuáles son las causales que han dado nacimiento a esta pléyade de niños terribles, muchos de los cuales, desgraciadamente, en pocos años aparecerán como protagonistas de resonantes noticias en el mundo criminal.
Sí sabemos que estamos inmersos  en  una sociedad y una cultura que agonizan y otra que está en pleno y acelerado despertar.
Tal vez algunos de los niños y adolescentes de hoy sean ni más ni menos que prematuros indignados en una sociedad y en una familia que no sabe contenerlos.
                                           

Juan Coletti